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Santa Elena mantiene viva la tradición de la puesta de mesa de difuntos, una práctica cargada de simbolismo mediante la cual las familias recuerdan a sus seres queridos fallecidos.
Colocan los alimentos y las bebidas que más disfrutaban en vida, y el 1 de noviembre se prepara la mesa para los niños fallecidos, conocidos como angelitos.
La creencia popular sostiene que las almas regresan para servirse de los alimentos preparados en su honor, en un encuentro simbólico entre la memoria, la familia y la tradición.
El 2 de noviembre la mesa se dedica a recordar a los adultos. La costumbre se transmite de generación en generación como una de las tradiciones más representativas de la península.